
Con un estilo trepidante de comienzo a fin, VIAJEROS HACIA EL EDÉN (UN MUNDO DESOLADO), relata el viaje de búsqueda por parte de unos jóvenes, Cris y Francis, que pierden a su hermano y a su padre, respectivamente. En un planeta prácticamente desolado, el último bastión de la humanidad se erige sobre una isla sostenida a más de mil quinientos metros de altitud. Los habitantes de la Isla de San Pedro creen vivir completamente a salvo de un mundo donde aún perduran los fenómenos de la Gran Guerra, pero los jóvenes protagonistas, junto con Raider, un imponente pastor alemán, harán frente a las adversidades que surgirán en este entorno postapocalíptico. El viaje los llevará hasta la última frontera de este mundo que amenaza con sucumbir y poner fin a sus días. Saben que surgirán peligros, pero también son conscientes de que no tienen nada que perder y de que poseen el mayor de los valores, la juventud.
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El resultado de casi cuatro años de trabajo es Viajeros hacia el Edén, una novela que aúna ciencias, letras y religión, y, además, fusiona los géneros literarios de la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Es una obra que muestra las semejanzas entre un mundo imaginario y el nuestro, haciendo uso, sobre todo, de la analogía y lo metafórico en cuanto sucede en este libro de aventuras.
La novela es una trilogía cuya extensión total alcanza las trescientas setenta y seis páginas. El primer libro de que está compuesta se titula La Isla de San Pedro, el segundo La Colina Onírica y el tercero La catedral y el enigmático sacerdote.
La novela es una trilogía cuya extensión total alcanza las trescientas setenta y seis páginas. El primer libro de que está compuesta se titula La Isla de San Pedro, el segundo La Colina Onírica y el tercero La catedral y el enigmático sacerdote.
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El proceso de escritura es muy complejo. Trataré de explicar cómo logré crear este universo imaginario que más de un lector sentirá como real:
El principio de todo libro tiene que venir con una idea, y la que yo tuve fue tan original e impactante que, en el momento en que estuvo en mi mente, quise comenzar a escribir a toda costa.
Si he de decir la verdad, no tomé notas a la hora de dar comienzo a mi novela, como tampoco me hice ningún bosquejo sobre la línea de argumento que seguramente seguiría. La planificación y la inspiración son incompatibles desde mi punto de vista, por eso, cuando escribía sobre cierto tema en concreto, dejaba volar mi imaginación para que la narración fuera tomando un rumbo propio, lejos del que yo pudiera idear, pero con creces mejor. Pues si el escritor prevé lo que va a suceder en su obra, de algún modo también lo percibe el lector cuando la lee.
Recuerdo ocasiones en que me sentaba a escribir cierta parte, creyendo que trataría sobre un tema en concreto, para después descubrirme estupefacto una vez que había terminado, admirando el hecho de que finalmente se hubiera escrito algo que no era por entero lo que había pensado. Pero qué sorpresa la mía cuando releía dicho fragmento y me sorprendía lo que había escrito minutos antes. Puede que mi subconsciente esté más desarrollado de lo normal, pues creo que estos sucesos son obra suya. Me atrevería a afirmar que toda improvisación surge de esta mente oculta.
Cuando la gente me pregunta por qué decidí dividir el libro en tres partes, yo les digo que no fue algo que decidiera de antemano, sino que surgió conforme escribía. He de decir que lo más difícil de escribir es empezar, y creo que para todo en la vida es igual. Las primeras sesenta páginas me costaron una barbaridad, pero a partir de aquí fue como si la historia que surgía de mis manos creciera sola. La obra alcanzó tal envergadura que llegué a pensar que no podría abarcarlo todo, pues superaba con creces el nivel que en un principio pensé que alcanzaría.
Pero no se piensen que las sesenta primeras páginas que tanto me costaron escribir se corresponden con las primeras que aparecen en mi obra ya terminada. Esto se debe también al hecho de que se escribiera en forma de trilogía, y es imprescindible para que se comprenda por qué lo hice así. Como algunos escritores, que no todos, no me obligaba a escribir tantas páginas por día, pues creo en la inspiración, y solo cuando ésta llega es cuando se ha de escribir. Siempre he pensado que hay un momento para cada parte de la historia, la clave es saber cuándo ha llegado, pues si te anticipas o te retrasas en escribir, el resultado no será el que se desea, esto lo puedo garantizar.
Os preguntaréis cómo fui capaz de dar forma a mi obra escribiéndola de este modo. Supongo que, si el resultado final es bueno, es debido a la voluntad divina. Imaginad lo que sería montar un puzle compuesto, no ya por miles, sino por millones de piezas. El trabajo de ensamblarlas correctamente sería arduo, no voy a negarlo, pero hay una ventaja y es la siguiente. Cuando tratas de montar un puzle compuesto por una cantidad enorme de piezas, el resultado, una vez que has conseguido montarlo por completo, es más nítido que si las piezas fueran más grandes y en menor número. Seguro que más de uno se ha quedado sorprendido al contemplar lo que creía que era una foto para luego acercarse y adivinar las aparentemente infinitas piezas de que está compuesta.
Cada libro que la compone tiene una esencia diferente. Esto me ayudaba mucho a escribir, ya que las sensaciones que cada parte me transmitía eran diferentes, y cuando trabajaba me gustaba internarme en una u otra a capricho, pues siempre se echa de menos la esencia de otra parte cuando se lleva tiempo escribiendo una en concreto. Por eso al lector, cuando comience el tercer libro, le dará la sensación de que han pasado siglos desde el segundo, ni qué decir del primero, y posiblemente no lo separen más de diez páginas.
El proceso de escritura es muy complejo. Trataré de explicar cómo logré crear este universo imaginario que más de un lector sentirá como real:
El principio de todo libro tiene que venir con una idea, y la que yo tuve fue tan original e impactante que, en el momento en que estuvo en mi mente, quise comenzar a escribir a toda costa.
Si he de decir la verdad, no tomé notas a la hora de dar comienzo a mi novela, como tampoco me hice ningún bosquejo sobre la línea de argumento que seguramente seguiría. La planificación y la inspiración son incompatibles desde mi punto de vista, por eso, cuando escribía sobre cierto tema en concreto, dejaba volar mi imaginación para que la narración fuera tomando un rumbo propio, lejos del que yo pudiera idear, pero con creces mejor. Pues si el escritor prevé lo que va a suceder en su obra, de algún modo también lo percibe el lector cuando la lee.
Recuerdo ocasiones en que me sentaba a escribir cierta parte, creyendo que trataría sobre un tema en concreto, para después descubrirme estupefacto una vez que había terminado, admirando el hecho de que finalmente se hubiera escrito algo que no era por entero lo que había pensado. Pero qué sorpresa la mía cuando releía dicho fragmento y me sorprendía lo que había escrito minutos antes. Puede que mi subconsciente esté más desarrollado de lo normal, pues creo que estos sucesos son obra suya. Me atrevería a afirmar que toda improvisación surge de esta mente oculta.
Cuando la gente me pregunta por qué decidí dividir el libro en tres partes, yo les digo que no fue algo que decidiera de antemano, sino que surgió conforme escribía. He de decir que lo más difícil de escribir es empezar, y creo que para todo en la vida es igual. Las primeras sesenta páginas me costaron una barbaridad, pero a partir de aquí fue como si la historia que surgía de mis manos creciera sola. La obra alcanzó tal envergadura que llegué a pensar que no podría abarcarlo todo, pues superaba con creces el nivel que en un principio pensé que alcanzaría.
Pero no se piensen que las sesenta primeras páginas que tanto me costaron escribir se corresponden con las primeras que aparecen en mi obra ya terminada. Esto se debe también al hecho de que se escribiera en forma de trilogía, y es imprescindible para que se comprenda por qué lo hice así. Como algunos escritores, que no todos, no me obligaba a escribir tantas páginas por día, pues creo en la inspiración, y solo cuando ésta llega es cuando se ha de escribir. Siempre he pensado que hay un momento para cada parte de la historia, la clave es saber cuándo ha llegado, pues si te anticipas o te retrasas en escribir, el resultado no será el que se desea, esto lo puedo garantizar.
Os preguntaréis cómo fui capaz de dar forma a mi obra escribiéndola de este modo. Supongo que, si el resultado final es bueno, es debido a la voluntad divina. Imaginad lo que sería montar un puzle compuesto, no ya por miles, sino por millones de piezas. El trabajo de ensamblarlas correctamente sería arduo, no voy a negarlo, pero hay una ventaja y es la siguiente. Cuando tratas de montar un puzle compuesto por una cantidad enorme de piezas, el resultado, una vez que has conseguido montarlo por completo, es más nítido que si las piezas fueran más grandes y en menor número. Seguro que más de uno se ha quedado sorprendido al contemplar lo que creía que era una foto para luego acercarse y adivinar las aparentemente infinitas piezas de que está compuesta.
Cada libro que la compone tiene una esencia diferente. Esto me ayudaba mucho a escribir, ya que las sensaciones que cada parte me transmitía eran diferentes, y cuando trabajaba me gustaba internarme en una u otra a capricho, pues siempre se echa de menos la esencia de otra parte cuando se lleva tiempo escribiendo una en concreto. Por eso al lector, cuando comience el tercer libro, le dará la sensación de que han pasado siglos desde el segundo, ni qué decir del primero, y posiblemente no lo separen más de diez páginas.
12:32:13 . 22 Dic 2011
Sindicación
Espero encontrar comentarios a este respecto pronto. Gracias y un saludo.